¿Cuáles son las competencias de un Facilitador de Escuela de Padres?

La facilitación se refiere a los procesos y funciones que permiten a un grupo de personas trabajar en torno a un objetivo común en forma eficiente, haciendo buen uso del tiempo y los recursos, de manera efectiva, que esté dirigida a la acción, agradable, creando un clima de confianza y colaboración (Instituto de Recursos Mundiales / Grupo de Estudios Ambientales, A. C., 1993).

Los términos “facilitación” y “facilitadores” empiezan a cobrar fuerza a partir de los procesos de diagnóstico rural participativo, como una etapa posterior a la “extensión rural”. Aun cuando inicialmente ambos tenían objetivos diferentes (la extensión se refería a la transferencia de conocimientos y la facilitación al despliegue de capacidades), posteriormente en la práctica ambos términos se fueron fusionando. Para algunos autores la facilitación incluye a la capacitación, mientras que para otros es una forma renovada de compartir conocimientos.

La incorporación de enfoques y de metodologías participativas se refiere a las principales virtudes de la facilitación como proceso. Esto ha permitido hacer una revisión de actitudes y de paradigmas donde se consideran ejes y variables de desarrollo a los derechos humanos, la participación, justicia, equidad, género, etc., como base y contribución al desarrollo humano sostenible.

Por su parte, el Facilitador es una persona que tiene habilidades y condiciones para propiciar el diálogo y la reflexión de los participantes para que reconozcan sus problemas, establezcan relaciones entre sus causas y sus efectos, y elaboren sus propias alternativas de solución. Para este efecto se considera que el Facilitador debe poseer competencias particulares y necesarias para dirigir y desarrollar este tipo de actividades.

Las competencias más destacadas de un facilitador de Escuela de Padres son:

– Conocimiento y manejo de la metodología activa participativa para la labor educativa (técnicas de análisis, de animación, de comunicación, etc.) que le permitan desarrollar un trabajo individual y grupal.

– Facilidad para entablar un tipo de comunicación horizontal y cualidades para dialogar y compartir conocimientos.

– Capacidad para entender, comprender y recrear los conocimientos, manejar los diferentes puntos de vistas y las diversas opiniones de los participantes.

– Tolerancia para comprender la idiosincrasia de las personas (sus valores, creencias, actitudes, resistencias, posiciones e intereses, etc.).

– Conocimiento necesario y suficiente sobre cada uno de los temas que van a ser tratados en el proceso de capacitación.

– Capacidad y hábitos adecuados para planificar y organizar cada una de las sesiones de trabajo.

– Preparación anticipada para cada actividad y en algunos casos, el uso de recursos y elementos de la experiencia para manejar las situaciones imprevistas

– Practica de la responsabilidad, puntualidad y actitudes adecuadas para el estudio y la auto-capacitación.

– Capacidad para facilitar y promover la participación, el diálogo y la concertación entre los participantes.

– Flexibilidad para adecuarse a las circunstancias y situaciones de la población, teniendo en cuenta los recursos y condiciones que le otorga el medio.

– Empleo de un lenguaje adecuado, claro y comprensible, que respete el enfoque de equidad de género.

– Ser ejemplo y modelo de valores humanos y coherentes entre lo que dice y lo que hace.

– Conocimiento de la dinámica y el funcionamiento de los grupos para una intervención democrática en el desarrollo de las actividades

– Capacidad para manejar posibles conflictos grupales, sociales, culturales y ambientales.

– Preferentemente, conocimiento de las características de las personas y la idiosincrasia de la comunidad

– Dotes de sensibilidad social, capacidad de liderazgo, convocatoria y respeto por las decisiones de grupo.

 

Autor: Martín Castro Santisteban

Castro, M. (2013). ¿Cómo Diseñar e Implementar un Escuela de Padres? Bogotá: Biblomedia Editores
http://bit.ly/2owfs7x

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