Principio de la Psiconeuroinmunología

La Psiconeuroinmunología es una disciplina relativamente reciente. En este sentido cabe señalar, por ejemplo, que en el diccionario Thesaurus de la base de datos del Psyclit aparece como término en el año1992. Sin embargo, ya en la antigüedad se había sugerido una relación entre el estado mental y la susceptibilidad a enfermar, tal y como expresa la tipología humoral de Hipócrates y Galeno, comentada en la introducción de este capítulo.

Hacia finales del siglo XVII, el médico Papai Pariz Ferenc comentaba: “cuando las partes del cuerpo y sus humores no están en harmonía, entonces la mente está desequilibrada y aparece la melancolía, pero, por otra parte, una mente tranquila y feliz hace que todo el cuerpo esté sano” (citado por Solomon, 1993). En el siglo XIX, el médico británico J.C. Williams afirmaba que un médico no debe concentrarse exclusivamente en lo mental o en lo orgánico, ya que ambos están siempre en acción y unidos inseparablemente (Solomon, 1993).

Ya en el siglo XX, Ishigami (1918) afirma que la excitación física en los pacientes tuberculosos inhibe la fagocitosis, proponiendo como mecanismo explicativo un dispositivo endocrino: la adrenalina. A principios de los años 60, ya había evidencia empírica de que el estrés afectaba a la susceptibilidad a padecer infecciones virales (Jensen y Rasmussen, 1963). Sin embargo, en opinión de Solomon (1993), la psiconeuroinmunología se inicia en 1926 cuando los investigadores Metal’nikov y Chorine, del instituto Pasteur, descubrieron que la intensidad de la inflamación podía modificarse por medio del condicionamiento pavloviano lo que llevó a considerar que la respuesta inmune como un reflejo defensivo. Estos investigadores asociaron un estímulo neutro (rascado o calentamiento de la piel del cobayo) con una inyección de una suspensión de bacilos. Al cabo de unos 15 días, la aplicación del estímulo neutro desencadenaba la misma inflamación que la inyección de bacterias, aunque de intensidad y duración menor. Sin embargo, pese a este descubrimiento, la psiconeuroinmunología aún era prácticamente desconocida. Lo que llamó la atención de los científicos sobre esta disciplina fueron los trabajos que Ader y Cohen llevaron a cabo en 1975 sobre la posibilidad de aplicar, precisamente, el condicionamiento pavloviano a la respuesta inmune. Estos investigadores estudiaban los efectos de la variación del volumen de ingesta de una solución edulcorada en la adquisición y extinción de una aversión gustatoria condicionada. Para ello, administraron inyecciones intraperitoneales de ciclofosfamida (fármaco que produce molestias gastrointestinales) minutos después de que los roedores ingieran 1, 5 o 10 ml. De solución de sacarina. Como era previsible, la magnitud de la respuesta condicionada y la resistencia a su extinción eran directamente proporcionales al volumen de solución consumida tras una única asociación “sacarina-ciclofosfamida”. Sin embargo, lo realmente interesante de este experimento fue la observación de que algunos de los animales condicionados murieron en el transcurso de las pruebas de extinción realizadas, en las cuales se administraba una solución edulcorada a los individuos sin inyectarles, en ningún momento, ciclofosfamida. Una vez concluido el experimento, los investigadores se percataron de la importancia de este hecho, y es que la ciclofosfamida además de sus cualidades aversivas también poseía propiedades inmunosupresoras, lo cual sugirió que durante las pruebas de extinción las ratas habían reaccionado con inmunosupresión condicionada al serles administrada la sacarina. En otras palabras, habían conferido a la sacarina propiedades inmunosupresoras, lo que provocó que los roedores su hubieran vuelto vulnerables a los numerosos microorganismos patógenos que se encuentran permanentemente presentes en los laboratorios y que, en circunstancias normales, son eliminados por el sistema inmunitario. Ader y Cohen diseñaron una serie de experimentos con los cuales confirmaron este hallazgo sugiriendo una relación íntima y virtualmente no explorada entre el sistema nervioso central y los procesos inmunológicos.

Paralelamente se iba acumulando evidencia a favor de una relación entre la mente y la inmunidad, pues empezaba a estudiarse el efecto que el estrés ejercía sobre los procesos inmunológicos, tanto en población animal como humana. En 1965 Solomon y Moos publicaron un trabajo en humanos sobre el papel de la personalidad como factor de predisposición a desarrollar la artritis reumatoide, una enfermedad autoinmune. En dicho trabajo tomaron medidas de personalidad y analizaron la presencia o ausencia en la sangre del factor reumatoide en las hermanas sanas de las pacientes artríticas. Los resultados pusieron de manifiesto que las hermanas sanas con factor reumatoide mostraban un perfil que sugería mejor funcionamiento psicológico, mientras que las hermanas sin factor reumatoide mostraban mayor descompensación emocional. Los autores concluyeron que el mejor ajuste emocional de los familiares con factor reumatoide les protege, de alguna manera, contra la enfermedad. Este trabajo resaltaba una vez más las posibles relaciones entre “lo psicológico” y “lo inmunológico”. Fue precisamente en esta época cuando Solomon y Moos (1964) acuñaron el término “Psicoinmunología”.

A partir de estos trabajos se inicia una nueva corriente de elevada productividad científica encaminada a explorar y analizar las relaciones entre aspectos psicológicos y el funcionamiento inmunológico; relaciones que deben seguir siendo exploradas, pues, aunque actualmente existe una evidencia bastante consolidada sobre la existencia de tal relación, los mecanismos a través de los cuales se llevan a cabo no se conocen con exactitud.

En el mundo en que vivimos prolifera tal cantidad de agentes infecciosos y de tan variadas formas, tamaños, composición y carácter agresivo, que si no desarrolláramos una serie de mecanismos de defensa tan eficaces e ingeniosos como ellos acabarían por usurpar y devastar todo nuestro organismo. Estos mecanismos de defensa son los que pueden establecer un estado de inmunidad contra la infección, y cuyas operaciones proporcionan la base de esa disciplina llamada “inmunologia”.

En términos genéricos, el sistema inmune se concibe como un complejo sistema de respuestas mediante las cuales el cuerpo se defiende de microorganismos invasores o tejidos extraños. Sin embargo, la naturaleza del fenómeno es mucho más compleja.

Hacer una descripción exhaustiva de dicha complejidad es algo que escapa a los objetivos del presente post. El lector interesado específicamente en tales aspectos puede encontrar una completa explicación en los textos de Roitt (1988), Meyer (1985) y Stites, et al. (1985).


Referencias

Ader, R. y Cohen, N. (1975). Behaviorally conditioned immunosuppression. Psychsomatic Medicine, 37. 333-343.

Ishigami, T. (1918). The influence of psychic acts on the progress of pulmonary tuberculosis. Rev. Tuber. 2, 470-484.

Jensen, M.M. y Rasmussen, A.F. (1963). Stress and susceptibility to viral infection. J. Immunol. 90, 17-20.

Meyer, Ph. (1985). Fisiología humana. Barcelona, Ed. Salvat.

Roitt, I. (1988): Inmunología esencial. Barcelona, Ed. Jims, S.A.

Solomon, G.F. (1993). Whither psychoneuroimmunology? A new era of immunology, of psychosomatic medicine, and of neuroscience. Brain, Behavior and Immunity, 7, 352-366.

Solomon, G.F. y Moos, R.H. (1964). Emotions, immunity and disease: A speculative theoretical integration. Archives General Psychiatry, 11, 657-674.

 

Autor:

Adela Fusté-Escolano
Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológicos
Universidad de Barcelona, España

Oblitas Guadalupe, L. A. (2015). Manual de Psicología Clínica y de la Salud Hospitalaria Volumen 1.  Bogotá: Biblomedia Editores.
http://biblomedia.com/producto/manual-psicologia-clinica-y-salud-hospitalaria-1/

Escriba un comentario