¿Qué es la maldad para los Psicólogos Sociales?

Tradicionalmente, la maldad no ha sido uno de los temas más abordados por la psicología científica, por ello me ha llamado la atención el trabajo de Quiles y cols. (2008[1]). Como los autores explican, es un término difícil de explicar que genera reticencia en los psicólogos sociales básicamente por tres motivos. El primero, por sus connotaciones morales y religiosas que podrían cuestionar su cientificidad, el segundo, por su cercanía con conceptos como agresión o prejuicio, que actualmente podrían explicar muchas conductas etiquetadas como maldad y el tercero, porque el término es ambiguo y al ser difícil de operativizar es difícil hacer un estudio científico riguroso.

A pesar de lo anterior, para los autores el término puede y debe estudiarse empíricamente y ganarse un espacio dentro de las investigaciones de la psicología social.

Definición de maldad

Dentro de la psicología social, de forma genérica se describe como “el daño intencional, planeado y moralmente injustificado que se causa a otras personas, de tal modo que denigra, deshumaniza, daña, destruye o mata a personas inocentes”. Sin embargo, lo difícil es que los científicos se pongan de acuerdo si esta definición describe acciones leves o acciones extremadamente violentas como tortura, asesinatos en masa o terrorismo.

Así pues, podríamos tener, por un lado, lo que algunos autores llaman maldad extrema y por otro lado, la cotidiana. En cuanto a la maldad extrema, los psicólogos describen en esta categoría acciones que causan horror, que se consideran inhumanas y que están por fuera de los límites de la moralidad. Autores como Staub (1999, citado por Quiles y cols., 2008) consideran a la maldad como la destructividad humana extrema, como el genocidio y los asesinatos en masa, que reflejan una intención consciente de exterminio de un grupo o cultura.

Características

Según Staub, para hablar del termino se deben dar conjuntamente las siguientes características:

  1. Son acciones intensamente dañinas, que implican dolor, sufrimiento y pérdida de la vida o de potencial personal y humano.
  2. Reacciones ante un estímulo desencadenante que el agente percibe como adverso –ataque, amenaza o frustración.
  3. Son conductas extremadamente dañinas, que resultan desproporcionadas con respecto a cualquier provocación.
  4. La cualidad distintiva de la maldad es su duración o repetición en el tiempo. Todo ello ocurre cuando el agente excluye moralmente al otro y lo convierte en prescindible o irrelevante.

Investigaciones y modelos

Si bien la psicología social ha desarrollado modelos explicativos en los casos extremos, aún falta por explicar un gran número de conductas menos atroces pero que también pueden dañar física, moral y psicológicamente a las personas.

A lo anterior, es a lo que determinados autores han llamado maldad cotidiana. Lo cual supone reconocer que se manifiesta de diversas maneras y que abarca un espectro de conductas que oscilan entre la maldad común y frecuente y la extrema e infrecuente.

Dentro de la denominación cotidiana podemos encontrar conductas como: racismo, discriminación de género, acoso escolar y laboral, entre otras. Sin embargo, los estudios alrededor de este tipo de situaciones no suelen rotularse como maldad y no se enmarcan dentro del contexto de las investigaciones.

Para autores como Baumeister (2000, citado por Quiles y cols., 2008) el análisis de la maldad cotidiana posee un gran valor heurístico que nos acercaría a un mejor conocimiento de los actos más extremos, puesto que poseen una esencia común.

Por otro lado, Zimbardo (2007, citado por Quiles y cols., 2008) considera que la maldad no sólo abarca los actos más extremos, sino que también abarca la ausencia u omisión de determinadas conductas, la pasividad puede ser considerada maldad, especialmente cuando causa un daño grave sobre otros.

Como Quiles y cols. afirman, realizar una definición no es una tarea fácil pues aún se carece de un base sólida a nivel empírico, y muchos de los autores se han centrado en la maldad extrema y sus expresiones más violentas.

Sin embargo, para estos mismos autores un paso importante para operativizar el término, está en estudiar la maldad cotidiana, donde es importante empíricamente analizar qué es lo que las personas de la calle entienden al respecto.

Con el fin de dar respuesta a esta pregunta, Quiles y cols. (2008) desarrollan una serie de encuestas. Primero que todo aplican un cuestionario de preguntas abiertas con el cual fue posible determinar un abundante conjunto de conductas que las personas conciben  espontáneamente como maldad, abarcando no sólo las acciones que suponen una violencia extrema, como llevar a cabo una masacre terrorista, sino también una serie de acciones menos cruentas, como culpar a alguien sabiendo que es inocente, humillar a otra persona, excluir a una persona por su color de piel o desatender a una personas anciana.

Manifestación de la maldad

Los resultados mostraron que la maldad se manifiesta de diferentes formas e incluye una gran variedad de conductas que oscilan entre la “maldad cotidiana” y la “extrema”. No conformes, el equipo de investigación, decidió seguir con una segunda etapa en búsqueda de la definición. En ella, querían verificar si la gente puede cuantificar el grado de maldad de una conducta y diferenciar distintos niveles de intensidad en dicha cualidad.

También estaban interesados en conocer las variables que las personas relacionan espontáneamente con la maldad y que son empleadas para determinar el grado de maldad. Finalmente, querían conocer si la gente hace distinciones entre maldad y agresión, o por el contrario daban a ambas un significado semejante.

Tras la aplicación del nuevo cuestionario, pudieron concluir:

  1. Las personas son capaces de cuantificar el grado de maldad de una conducta. La maldad, por lo tanto se debe entender, no como un conjunto de acciones extremas, sino como un continuo en el que es posible clasificar las conductas de mayor a menor intensidad sin dejar de estar todas en la misma etiqueta. De forma que pegar a una persona por diversión o violar a una mujer, son conductas de mayor maldad que engañar a personas desfavorecidas para beneficiarse económicamente o mentir para obtener algo a costa de los demás, sin embargo todas están  dentro de la etiqueta de maldad.
  • Las personas construyen grados de maldad según diferentes dimensiones que les permiten establecer categorías diferentes que abarcan conductas leves, moderadas y extremas. Las dimensiones que suelen utilizar las personas son las siguientes: el deseo de destruir y hacer sufrir a la otra persona, el deseo de humillar al otro, hacer una acción intencionada y planificada, experimentar satisfacción por el daño que causa a su víctima y la falta de compasión hacia la misma.
  • Los autores consideran que maldad y agresividad tienen espacios conceptuales que hasta cierto punto de solapan pero son constructos teóricos diferentes. El principal dato que apoyo dicha idea fue un análisis de regresión, que señala como principales predictores de cada concepto,  dimensiones diferentes. Para el caso de la maldad, los predictores se centran en el autor de la conducta (falta de compasión, propósito de hacer sufrir o intencionalidad), mientras para el caso de la agresión, los predictores se centran en los efectos de la conducta (el daño que causa a la dignidad de la persona, el daño físico o la gravedad del daño causado).

Con ello, se puede concluir que la gente cataloga una conducta como maldad cuando hay aspectos volitivos del agente que lo causa. Es decir, la agresividad podría ser realizada por animales, pero la maldad implica capacidades intelectuales evolucionadas y propiamente humanas, la planificación y la intencionalidad son necesarias en la definición de maldad, y por tanto, la maldad tiene un cariz netamente humano.

En síntesis podemos decir que hay diferencias entre lo que entienden por maldad los psicólogos sociales y la gente de la calle. Si retomamos la definición de maldad de Staub, podemos ver que las personas no restringen la definición de maldad para situaciones de un daño extremo, sino que también la aplican a conductas cotidianas y de menor magnitud. Por otro lado, la gente no cree que la maldad tenga tanto que ver con un factor externo instigador, como con motivaciones internas del autor. Así mismo, tanto la definición de Staub como la opinión de la gente coinciden en que la conducta de maldad no es equitativa al daño recibido, sino que el autor pretende ir más allá, destruyendo física o psicológicamente al otro. Finalmente, frente a la idea de persistencia y reiteración como criterio para hablar de maldad, la gente no necesita información sobre la frecuencia para catalogar una conducta como maldad, le basta observar la intencionalidad y planificación  del autor para hacer sufrir o humillar al otro, para poder catalogarlo como maldad.


[1] Quiles M.N., Morera, M.D., Correa, A.D. y Leyens J.P. (2008). La Maldad. En Morales, J.F. ; Huici, C.; Goméz A y Gaviria, E. (Coords.) Método, Teoría e Investigación en Psicología Social. Pearson Education S.A., Madrid.

Autor

Jairo A. Rozo C., Ph.D.
Coordinador del Laboratorio de Psicología Ivan Pavlov
Fundación Universitaria Los Libertadores, Colombia

Rozo, J. A. . Psicología Contemporánea. Tendencias y aplicaciones en la Psicología del siglo XXI. Bogotá: Biblomedia Editores, 2019. Edición Kindle
URL: https://amzn.to/31cANrU

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