Habilidades sociales: definición y delimitación del concepto

El ser humano necesita de la sociedad para su crecimiento y desarrollo, en este sentido la sociedad es tanto un medio como un fin. Un medio en cuanto a que sería sumamente complicado, por no decir imposible, obtener los objetivos que nos proponemos si no es a través de la interacción con otras personas. Asimismo, se trata de un fin ya que, de por sí, las relaciones sociales son una fuente potencial de bienestar. Estaríamos hablando del doble objetivo de las habilidades sociales: objetivos instrumentales y objetivos afectivos.

Dentro del campo de estudio de la Psicología, el interés actual por las habilidades sociales y su implicación, tanto en el ámbito de la Salud como de la Enfermedad, es cada vez mayor. No obstante, el estudio psicológico de este tipo de habilidades tiene sus orígenes en la década de los años cincuenta o incluso antes. Salter (1949) ya hacía referencia a las habilidades expresivas (sobre todo expresión de acuerdo y desacuerdo), y con anterioridad, Murphy et al., (1937) describía la importancia de las habilidades relacionales en niños y jóvenes. Autores como Wolpe (1958) y Lazarus (1966) intentaron delimitar el concepto definiendo lo que por entonces se denominó conducta asertiva. Con el paso de los años, los investigadores han llegado a la conclusión de que las habilidades sociales no se limitan al uso de la asertividad. De hecho, las habilidades sociales exigen la puesta en marcha de una serie de habilidades en un entorno social complejo, algo que ya parecía señalar Philips (1961) cuando hace referencia a la competencia social.

Asimismo, al margen de la limitación teórica del concepto, muchos autores (Ellis, 1962, Moreno, 1978) han aplicado lo que hoy se conoce como entrenamiento en habilidades sociales observando lo práctico que suponía en la intervención clínica. Básicamente, se trata de enseñarle al individuo cómo llevar a cabo la conducta más beneficiosa para sus intereses sin que salga perjudicado a corto o largo plazo.

Básicamente, el origen del estudio de las habilidades sociales se encuentra en las Teorías del Aprendizaje Social, la Psicología Social y la Terapia de Conducta.

Según la Teoría del Aprendizaje Social (Bandura, 1982), la relación entre la persona y el ambiente está mediada por procesos de aprendizaje (procesos de modelado y moldeamiento) que pueden capacitar al sujeto para actuar de un modo socialmente competente. Esta Teoría hace especial hincapié en la influencia del aprendizaje en la adquisición de un desempeño social competente. Esta perspectiva debe complementarse con la consideración de factores biológicos como el temperamento (inhibido o desinhibido). La Psicología Social enfatiza la importancia de la percepción, la atracción y la comunicación interpersonal. La Terapia de Conducta señaló aquellos comportamientos e intervenciones psicológicas relacionadas con el concepto de desempeño socialmente habilidoso. En este sentido, destacan las estrategias de role-playing, ensayo de conducta, refuerzo positivo y moldeamiento.

Con respecto a la definición de habilidad social, Caballo (1991) señala lo extremadamente complicado que es definir una conducta socialmente habilidosa. Al parecer, existen diferencias culturales, individuales y contextuales que hacen imposible la definición absoluta y universal de habilidad social.

Hablamos de diferencias culturales en cuanto a que lo que en una cultura puede ser visto como una puesta en marcha adecuada de relación en otra puede ser visto como todo lo contrario. Según un estudio comparativo del Instituto Max Planck para la Antropología Evolutiva en Leipzig (Alemania) las habilidades para la cognición social tales como entender las comunicaciones no verbales son propias del ser humano, siendo comunes a distintas culturas. Es decir, las habilidades en sí son algo propio del ser humano, pero el uso, las consecuencias sociales y la interpretación que se derive de este uso dependen de cada cultura. Las normas culturales marcan los patrones de comunicación adecuados e inadecuados en cada contexto y el uso esperable de dichas habilidades. Es lógico pensar que aquellas personas que sean capaces de adaptarse rápidamente a las normas de comunicación y relación propias de cada cultura hagan un mejor uso de las habilidades sociales.

El contexto en el que se mueva el sujeto también impide que se pueda establecer un criterio prefijado de lo que entendemos por habilidad social. El comportamiento esperable o socialmente aceptable está marcado por modas, tendencias y situaciones sociales muchas veces cambiantes.

A nivel individual, variables sociodemográficas como la edad, el sexo o el nivel educativo, pueden jugar un papel fundamental como mediadoras en el uso de este tipo de habilidades. Además, como señala Caballo (1991) no existe un único uso correcto de las habilidades sociales, sino que distintos individuos, ejerciendo pautas comportamentales distintas, pueden conseguir sus objetivos siendo socialmente competentes.

Muchos autores (Bellack, 1985, Kelly, 1955) han hecho especial énfasis en las consecuencias como un factor determinante de lo que puede considerarse como conducta socialmente competente. La idea es que puede entenderse como socialmente habilidosa toda aquella expresión de emociones e intereses (negativos y positivos) sin que se pierda el refuerzo social. Sin embargo, a menudo, podemos encontrarnos con conductas patógenas que son reforzadas socialmente. En todo caso, es conveniente, como señala Linehan (1993), tener en cuenta tres tipos de eficacia interpersonal: eficacia del sujeto para lograr los objetivos, eficacia para mantener una buena relación y eficacia para mantener el autorrespeto.

Intentando llegar a una definición lo más adecuada posible, Caballo define las habilidades sociales como aquel: “conjunto de conductas realizadas por un individuo en un contexto interpersonal que expresa sentimientos, actitudes, deseos, opiniones o derechos de un modo adecuado a la situación, respetando esas conductas en los demás, y que generalmente resuelve los problemas inmediatos de la situación mientras reduce la probabilidad de que aparezcan futuros problemas” (p.407).

Según la definición anterior, el concepto de habilidades sociales incluye toda una serie de habilidades relacionadas. En el Cuadro 1 se sintetizan los principales términos relacionados con las habilidades sociales.

Cuadro  1
Conceptos relacionados con las habilidades sociales.

Las habilidades sociales no se limitan al clásico concepto de asertividad, sino que suponen una serie de comportamientos concretos. En un intento por operativizar el constructo, Caballo (1991) describe unas 13 dimensiones recogidas en la Tabla 1. No obstante, el que un individuo haga uso adecuado de una habilidad concreta no implica que haga el mismo uso o sea socialmente competente en otra dimensión, así pues, un sujeto puede ser socialmente competente en cuanto a hablar en público pero totalmente incapaz de disculparse o admitir su propia ignorancia.

Asimismo, un aspecto que frecuentemente está relacionado con el uso correcto de las habilidades sociales es el conjunto de conductas no verbales y paralingüísticas que rodean al comportamiento habilidoso. Particularmente importante es la mirada, la distancia interpersonal, la postura, los gestos, la expresión facial y la apariencia personal. Igual de importante es la correcta utilización de todos los componentes paralingüísticos como la entonación, el volumen de la voz, la claridad y la velocidad del habla.

Por su parte, Michelson (1987) señala que una conducta socialmente habilidosa se caracteriza por ser una habilidad adquirida por aprendizaje, que incluye comportamientos verbales y no verbales, que exige respuestas efectivas y apropiadas condicionadas por el medio.

Tabla 1
Dimensiones del constructo de Habilidades Sociales (Caballo, 1991).

La evaluación de las habilidades personales es otro asunto complicado. El problema es que un concepto tan complejo y cargado de habilidades tan diversas siempre es difícil de operativizar. Al margen de los autoinformes y la observación, se han elaborado distintos instrumentos cuyo objetivo es recoger una medida de este constructo. Algunos instrumentos como el CEIC (Conocimiento de Estrategias de Interacción con los Compañeros, 1995) o el CEICA: (Entrevista sobre Estrategias de Interacción con los Compañeros para Adolescentes, 1995) de Díaz-Aguado y Royo son eminentemente prácticos. En el caso del CEIC por ejemplo, se trata de plantear al sujeto ocho historias que plantean problemas sociales, orientados a iniciar relaciones, ayudar a otro niño, resolver conflictos y conseguir objetivos.

 

Autores:
Juan R. Pereira, José P. Espada
Universidad Miguel Hernández, Elche (España)

Aguilar, G.G. & Oblitas, L.A. (2014). Psicología del Bienestar y la Felicidad Volumen 1. Estrategías de Psicología Positiva para aprender a sentirse bien. Bogotá: Biblomedia Editores.
http://bit.ly/2rmdCsN

———————

Bandura, A y Walters, R (1982) Aprendizaje social y desarrollo de la personalidad. Madrid: Alianza.

Bellack, A. S y Hersen, M. (1985). Dictionary of Behavior Therapy Techniques. New York.: Pergamon.

Caballo, V. E. (comp.) (1991). Manual de técnicas de modificación y terapia de conducta. Madrid: Siglo XXI.

Ellis, A. (1962). Razón y Emoción en Psicoterapia. Bilbao: DDB.

Kelly, G. A. (1955). The Psychology of Personal Constructs. Norton and Company. New York.

Lazarus, R. S. (1966). Psychological Stress and the Coping Process. New York: McGraw-Hill.

Linehan, M. (1993). Manual de tratamiento de los trastornos de personalidad límite. Paidós. Barcelona.

Michelson, L., Suga I. D. y Word, R. (1987). Las habilidades sociales en la infancia. Barcelona. Martínez Roca.

Moreno, J. L. (1978). Psicodrama. Buenos Aires. Hormé.

Murphy, G., Murphy, L. B. y Newcomb, T. M. (1937). Experimental Social Psychology, New York: Harper and Row.

Salter, A. (1949). Condicioned Reflex Therapy. Farrar, Straus.

Wolpe, J. (1958). Psychotherapy by reciprocal inhibition. Stanford: Stanford University Press.

Escriba un comentario